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De cómo los chismorreos afectan tu vida. 7 noviembre 2009

Posted by Lucerillo in Curiosidades, Ironía, Personal, Sociedad.
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Hoy hablaremos de chismorreos.

Sí, de esos que te alteran el estado de ánimo y pasas de tener un carácter apacible y risueño a una mal genio importante.

Y es que, señores, hay que reconocer que a la gente le gusta chismorrear. Definamos este verbo tan curioso:

chismorrear.

1. intr. Dicho de varias personas: Contarse chismes mutuamente.

¿Y un chisme?

chisme.

(Quizá del lat. cimex, chinche).

1. m. Noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna.

Así pues, tenemos que en realidad, un chismorreo es contar una noticia o un comentario para indisponer, que en mi tierra vendría a ser algo así como fastidiar, a una persona. Osea dicho en otras palabras: chismorrear es contar chismes contra una persona (por los motivos que se quieran).

Lo que está claro, es que la persona objeto de los chismorreos habitualmente no recibe halagada ser el centro de tales, porque como a buen seguro se puede comprender habitualmente van acompañados de sentimientos feos o simplemente por las ganas de fastidiar a tal persona. Aunque puede haber gente que chismorree por el gusto de cotillear, y en esa historia que se cuenta, van añadiendo detalles de su cosecha. De forma que, cuando esa historia llega a oídos del afectado, que se encuentre con que aquello que contó con gran ilusión, acaba siendo una gran farsa, cada vez más grande y cada vez más falsa.

Pongamos el supuesto de Juana, que acaba de encontrarse 1.000€ por la calle, y de repente se encuentra a Manolito, un compañero del trabajo. La cosa viene a ser tal que así:

– “¡¡Ay, Manolito!! ¡Que bueno verte por aquí! ¡Me ha pasado una cosa que no te vas a creer…!”

– “¡Hombre, Juana! ¡Me alegro de verte yo también! Nada, mujer, cuenta cuenta…” (realmente no, no se la cree, por muy cierta que sea)

Al cabo de un par de días, Manolito llama a Francis, la amiga de Juana:

– “Francis, ¿¡a que no sabes de qué me he enterado!?”

– “No, pero ya puedes estar contándomelo.” -le contesta la otra.

Y se lo cuenta, sí, pero añadirá que además se compró un perro. A todo esto, cuando Francis llega a su casa, le comenta a su marido:

– “Fíjate Juana, que tonta llega a ser que se encontró dinero en la calle y en vez de comprarse un collar de la DolcheGañana, va y se compra un perro.. y que feo el perrroooo.”

Y evidentemente el pitorreo es de muy señor mío.

Hace relativamente poco, leí una web con un artículo muy interesante sobre el tema, que hablaba precisamente de eso. Y claro, después de leerlo, y hacerse una reflexión (ligera, no es necesario grandes esfuerzos) y conociendo la tendencia de la gente a exagerar las cosas y contarlas a su manera, llegamos al punto de las preguntas:

– ¿Vale la pena esforzarse por inventarse una historia basada en hechos reales?

– ¿Beneficia al objeto de los cotilleos, el cotilleo en sí?

– ¿Realmente, es necesario conocer detalles de la vida de los demás?

– ¿Realmente da tanto placer el chismorrear para que la costumbre sea tan extensa en tantas culturas distintas?

– ¿Solo a las mujeres les gusta el murmullo?

– ¿De donde viene esta afición al chismorreo?

Y las más importantes:

– ¿Que pasaría si hubiese una presidenta chismosa en el Tribunal Supremo de Justicia?

– ¿Porqué el “cuac” de los patos no tiene eco?

Ante tantas dudas, que apuesto alguna vez mis “fans” se han  hecho, solo me queda dejar las cuestiones al aire y decir:

El que es capaz de dominarse hasta sonreír en la mayor de sus dificultades, es el que ha llegado a poseer la sabiduría de la vida.

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